JON VS

UNA NUEVA VIDA
Aquella noche me desperté de golpe. Un fuerte sonido como el de un trueno me despertó de mi sueño. Me levante de la cama y miré por la ventana, no llovía, y aunque no se veía gran cosa, tan solo pude distinguir mi reflejo en la ventana de mi cuarto. Agotado por el sueño, pensé que me lo habría imaginado, y decidí meterme a la cama. Apagué el farol de mi cuarto y no escuche más ruido en toda la noche.

Al día siguiente, me desperté con el alba, y pensé en lo sucedido la noche anterior. No recordaba gran cosa, así que decidí no pensar más en ello, y miré otra vez por la ventana, como la noche anterior, para así recapitular y empezar otro día. Nunca podría haberme imaginado lo que vi: en la mitad de mis campos había un señor tumbado en el suelo, durmiendo, y sin penarlo dos veces, salí de mi casa armado con la escopeta.

Cuando estaba junto a él, aquel señor se dio la vuelta. Entonces le vi: tenía la cara bastante limpia, pero aquella noche en el campo se la había ensuciado bastante. Tenía los ojos azules, y la barbilla muy marcada, también  tenía una de las orejas rojísima, por haber dormido sobre ella. No ere de un cuerpo muy musculoso, pero se le veía, impaciente.

Aquel hombre me miró a la cara, y posteriormente le miró al cañón de la escopeta. Seguramente desde ahí pudo ver la bala que casi le disparé, pero hubo algo que me lo impidió: aquel hombre bajo la cabeza y empezó a llorar y suplicar por su vida. Supe entonces que aquel hombre no era un asesino o uno de esos ladrones de poca monta. El hombre levantó la cabeza al ver que seguía vivo. Le dije que me acompañara a mi casa, y el, sin decir palabra me siguió.

Al llegar a mi casa le senté en una de las sillas del salón de estar y me senté enfrente de él. Para intimidarle y así que no intentase nada, apoyé  el arma en la mesa, con el cañón apuntándole. Tras un minuto de silencio, aquel hombre levantó su mirada del suelo y me miro a la cara. Después me dijo:

   -¿Dónde estoy?- Me preguntó con la voz resquebrajada y con un temor enorme.
   -A las afueras de New York, a una milla del centro.-El hombre se asombró muchísimo, como si no se lo creyese.
   -New York… -Dijo el hombre.
   -Ahora me toca -le dije -¿Quién eres, Que haces en mis tierras y de dónde eres?
   -Mi nombre es Jack. –Dijo el señor
   -Bien, Jack ¿De dónde eres?
   -Soy de Inglaterra, y vengo del instituto científico de Londres, creo- Dijo Jack con cierta duda.
   -¡Un espía de la reina de Inglaterra! ¿Un último deseo pedazo de escoria?- Le dije poniendo el dedo en el gatillo de la escopeta.
   -¡No dispares! ¡No vengo de parte de ninguna reina!- Suplico Jack.
   -Demuéstralo-le dije.
Jack sacó de su bolsillo un mechero y empezó a quemar su chaqueta, tras quitársela, y quemó por completo la bandera que había en ella. Eso me impresionó bastante, pero al no estar del todo seguro le disparé al hombro, para futuras sorpresas.

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Me desperté en un cuarto oscuro, en el que solo se podía distinguir una silueta en la esquina de la habitación. Intenté levantarme, pero un punzante dolor en el hombro me lo impidió. No sabía dónde estaba, pero poco a poco empecé a recordar lo sucedido le día anterior: Aquel señor de la casa, el salón, New York y el disparo en el hombro. Nada tenía sentido. Cerré los ojos por última vez, para así despertarme de aquella pesadilla, pero el dolor del brazo no me dejo dormirme. Solo pude esperar, a lo que me vendría.

Recobré el sentido cuando un rayo de luz entró  por la ventana, y entonces, aquel hombre de la casa salió de su esquina y se dirigió hacia a mí. Tenía una cara muy extraña: tenía los rasgos faciales de un indio americano, pero la cara mucho más clara. El pelo lo tenía atado con una coleta y tenía la ropa bien cuidada (Aunque el tiempo les hubiera hecho mella).

Me miró fijamente a los ojos, y posteriormente asintió con la cabeza y abandonó la habitación.
Cuando volvió a entrar en la habitación, traía una muleta consigo, y tras ayudarme a levantarme, me condujo hasta el salón en el que me disparó, y me ayudó a sentarme en la misma silla. Después, el se sentó, y empezó una conversación:

   -Tenía que asegurarme- Dijo con un aire de autoridad -No podía arriesgarme, y al final has tenido suerte de que te diese una segunda oportunidad. No serias la primera persona que muere en esos campos.
   -Gracias, creo- Dije sin saber muy bien que decir -¿Por qué lo hiciste? , ya sabes, lo de salvarme la vida…
   -En estos tiempos de crisis toda ayuda es poca, y como no eras un espía de esa asquerosa reina del reino inglés, decidí salvarte la vida. Desde ahora, esas legalmente muerto, y si sales de estos campos, será como mi esclavo.
   -¿A qué viene tanto odio hacia esa ``reina del reino ingles´´?- Le pregunte, mas por curiosidad que por miedo.
   -¿Dónde has vivido los últimos cinco años Jack?, ¿acaso eres uno de esos que emigro hacia otras tierras y ahora vuelves al terminar la guerra?- Dijo aquel señor con cierto desprecio.
   -¿Qué ha pasado los últimos años para que estés tan alterado?
   -La guerra por nuestras tierras y por nuestra independencia. Todavía no hemos conseguido expulsarlos de todas las tierras de New York, y muchos creen que ahora las están intentando recuperar, y ahora apareces tú diciendo que eres un inglés, no sé si hice mal dejándote vivir.

En aquel momento se hizo un silencio desolador. No me lo podía creer. Supe entonces, que el doctor tenía razón, la tele transportadora no estaba lista, y no se hicieron las suficientes pruebas con animales antes de usarlas con seres humanos.

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Aquel hombre que se hacía llamar ``Jack´´ estaba muy nervioso desde que le dije aquello de la guerra. Tal vez temiera haber perdido a su familia, y por consecuencia, solo estuviese buscándola, y hubiera parado a descansar. Por otro lado, sin embargo, no podía dejarle ir, ya que si se trataba de un ``ingles de la Reina´´, dejarle ir sería un locura, porque ya mataron a mi padre y intentaron matarme a mí, y no dudarían ni un instante en matarme, si tuvieran la ocasión.

No le volví a dirigir la palabra en todo el día, hasta que llegó la noche:
   -Tienes la cara pálida, deberías comer algo- le dije, a la vez que la ofrecía un cuenco lleno de carne guisada.
   -No tengo hambre- Me respondió Jack, como si tuviera una pregunta en mente.
   -Vamos, no tiene ningún veneno- le dije mientras me servía la carne sobre mi plato.
   -No…-Dijo Jack con miedo a continuar-
Le mire por si terminaba la frase, pero por alguna razón no se atrevía a ello. Al final, tras una espera que se me hizo interminable, se dignó a continuar:
   -¿Qué año es?-Dijo cerrando los ojos con fuerza-
   -Hace tres meses que empezamos uno nuevo, el año que lo decidirá todo, el que tú tal vez conozcas como 1785.-
   -La posición de los cristales no ere correcta… Edward tenía razón, y ahora no puedo salir de este universo paralelo, y si encima se les ha ocurrido mover uno solo un único milímetro no podre salir de aquí- Dijo a toda velocidad, totalmente asustado-.
Me empezó a dar miedo, no sé si sería uno de esos paranoicos del universo, uno de esos que dice haber estado con extraterrestres. Le mire a los ojos, y vi que lo que tenia no era solo miedo, sino también entusiasmo, y tal vez algo de envidia. Mis pensamientos fueron cortados por unos golpes en la puerta. No esperaba visita, así que decidí coger la escopeta, por seguridad, y abrí la puerta. Al otro lado se encontraba uno de los más fieles ayudantes del alcalde de New York, y tras mirarme fijamente, preguntó:
   -¿Es usted el señor Andreu?-dijo con aire de autoridad y supremacía-.
   -Mi padre murió a manos de un inglés hará ya cinco años, yo soy su hijo, Connor- le dije a aquel señor-
   -Bien, acompáñeme a la oficina del alcalde-

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¿Qué demonios abra pasado con el teletranporte? Jack no está ni en el puerto 1 ni en el puerto 2, y si no está en ninguno de esos dos puntos, significa que bien está o en algún otro lugar o bien eta en otro momento, cosa que dudo, ya que los cristales de escritura no tienen dicho poder temporal, pero si espacial. Todos estamos preocupados por el, sobre todo yo por el hecho de que si no le encontramos, tendré que ser yo quien se lo diga a la familia.

No detecto ninguna fuga de energía desde el ordenador central, así que no ha podido morir. Tal vez sea mejor reiniciar el sistema, para así verificarlo.

   -Todos atentos, reinicio del sistema,  que nadie se quede cerca de los cristales- Les dije a los trabajadores usando los altavoces-.
   -¡No lo hagas!- Gritó uno de los científicos paranoicos que contrató Jack-.
   -¿Que dices?- Dije quitando la mano del botón de apagado y volviéndole a poner el metacrilato de seguridad- ¡Casi me matas del susto!
   -¡Y tú casi matas a Jack!- dijo aliviado, como si hubiera salvado realmente a Jack-.
   -¿Qué ``matar a Jack´´ ni qué demonios?- Dije asombrado-.
   -Las escrituras, la energía correcta, una explosión de plasma controlada, ¡En el interior de una persona! ¡¡¡Es increíble!!! Mira las medidas de energía-Dijo sobresaltado, a la vez que me enseñaba unos papeles de medición-.
   -Acaso te has vuelto lo…- Dejé de hablar, tenía razón, estábamos buscando en el lugar equivocado, mas bien, en el momento equivocado-.
   -¿Qué piensa hacer?
   -¡Que nadie toque las escrituras!

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Connor no aparecía y me empecé a poner nervioso. No sé por qué se había ido de su propia casa dejándome solo en ella, pero no podía quedarme quieto. Entonces, empecé a pensar en voz alta:
   -Los cristales de escritura solo funcionan si un sujeto se coloca entre dos de ellas y posteriormente si hay un segundo puerto al que transmitir la energía, y el sujeto. Así pues, pude teletransportarme a un lugar diferente, pero solo por que los cristales de escritura siempre tienen que transportar la energía de un lado a otro. ¿Pero y lo del tiempo? ¿Como pude telertansportarme a esta época?

El sonido de la puerta me sacó de mis pensamientos. Era un campesino de una de las granjas de alrededor. Era gordo y bastante bajo, pero lo cierto era que intimidaba bastante con su escopeta. Tenía puesto un mono de trabajo muy gastado, casi tanto que le veía la piel por los lugares más gastados, por lo fino que era la tela. Tenía un aspecto deplorable: Aparentaba unos cincuenta años, y estaba sucio tanto como si no se hubiera duchado en los últimos cuarentainueve. Y para colmo tenía un olor a hez de vaca que se podía oler desde kilómetros a la redonda.

   -Connor soy yo, ¿me abres la puerta? -Dijo el hombre desde detrás de la puerta.
   -¿Quién eres?- Dije acercándome a la puerta.
   -¿Qué? Tú no eres Connor. ¿Dónde está Connor? Dímelo o echo la puerta debajo de una patada –Dijo aquel hombre mientras preparaba su escopeta para disparar-.
   -No sé donde está –Le dije mientas corría a por un sitio donde esconderme-.
   -Tres –Empezó a hacer una cuenta atrás-.
Mientras, yo, ya había salido por la puerta de atrás y me había escondido en el granero.
   -Dos –Escuche como cerraba la recámara de su escopeta.
   -Uno –En ese mismo instante cerré los ojos y me tiré al suelo con mis últimas fuerzas.

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El ayudante del Alcalde me llevó Hasta el ayuntamiento. Un edificio extremadamente bien conservado en comparación con el resto. Tenía unos balcones de piedra esculpida con unos relieves sublimes. Y como no, todo eso pagado con los impuestos de la gente, que casi no tenía ni para comprarse una tierra infértil y enana.

Entré en el ayuntamiento y el ayudante me llevó hasta la puerta del despacho del alcalde, un lugar que pocos han tenido el placer de pisar con permiso del pueblo, y menos siendo el alcalde, ya que casi todos los alcaldes que había habido hasta ahora eran unos sobornadores que prometían grandes riquezas a quienes le votaran. Riquezas que nunca llegarían a las manos de los ciudadanos. El alcalde con el que me encontraría no era menos: había llegado diciendo que acabaría la guerra y daría dinero a la gente más pobre. De eso solo cumplió una, y era la guerra, y encima el no hizo nada. La guerra acabaría por si sola en el año 1783.

Tras una espera de un par de minutos, abrieron la puerta. Me empujaron a la habitación y me hicieron tropezar, haciéndome caer a los pies de Edward, el alcalde. Tras unos segundos de confusión, mire a la cara a Edward. Entonces le vi: Tenía un traje de terciopelo rojo y unos zapatos que valían lo mismo que mi casa. Era un hombre de estatura media, pero pesaría casi el doble que yo. Era canoso y de unos cincuenta años y tenía uno de sus dedos de la mano izquierda amputado. Su mirada era la de un peluche que intentaba intimidarte, y más que eso te infundía un afecto curioso. La mirada de un curioso señor de cincuenta años.

Tras levantarme le mire a la cara. Su cara se encontraba de la mía más o menos a un palmo, y sin perder un segundo se sentó en su silla. Me miró y empezó a hablarme:
   -Supongo que ya sabes que te voy a preguntar- Me dijo con respeto-.
   -Lo cierto es que no… ¿Señor?-Le dije con cierta duda y un poco de respeto-.
   -El ángel caído del cielo en la noche más oscura-Dijo recitando-.
   -¿Un fragmento de la biblia?- Le pregunté-.
   -Correcto, pero estoy seguro de que tú lo has visto en persona-Me dijo mientras se empezó a inclinar hacia adelante.
   -¿Ángeles? Hazme caso, me acordaría.
   -¿Sabes que les pasa a los que intentan mentirme?-Dijo con voz amenazante.
   -…ángeles… cielo…noche…-Intentaba relacionar las pistas, pero el alcalde me interrumpió-.
   -Tal vez lo recuerdes mejor con presión. Llevadle al calabozo, y preparad su ahorcamiento- Dijo a sus ayudantes-.

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   -¿Dónde estoy?-esa sensación se me hacia conocida, Pero esta vez era diferente: me dolía la cabeza.

No era capaz de recordar casi nada, y encima no podía ver absolutamente nada. Y por si fuera poco, no me podía mover. Mis pensamientos fueron interrumpidos por  el sonido de la puerta: Primero se abrió con fuerza y posteriormente se cerró de golpe.

   -¿Dónde está Connor? –Dijo lentamente, como si no le entendiera-Vamos no te lo pienso repetir-.
   -Se fue…pueblo…-Le dije mientras recordaba-.
   -¿Cómo que se fue? ¿Se lo llevaron? ¡Fuiste tú! ¡¿Dónde te lo has llevado?!  ¡¡¡Dímelo!!!-Dijo asustado y nervioso, con voz temblorosa mientras gritaba tanto que casi no fui capaz de escuchar mis propios pensamientos.
   -No me grites por favor- Dije con firmeza, segundos después me arrepentí de ello al recordar que esa voz era la de el señor que llamo a la puerta-.

El señor se impresionó de mi respuesta pues no se la esperaba, y para intentar intimidarme me quitó la venda de los ojos. Entonces vi que era de día y me quedé medio ciego, por culpa de la luz y después lo vi. Lo cierto es que no era un hombre que intimidara mucho: No había duda de que era el mismo hombre que llamó a la puerta la noche anterior. Pero hubo una cosa que me impresionó: Su cara. La tenía cuidadísima, tan limpia que a su lado la de Connor parecía una piedra con barro. La cosa se torció cuando empezó a hablar y enseño su diente: Era de unos pocos milímetros y era tan negro como la piel de una pantera.

   -¿Dónde está Connor?- Dijo mientras me quitaba la venda que tenía en el hombro y me empezaba a meter el dedo por la herida de la bala para que hablara-.
   -¡No lo sé!-Grité-.
El granjero me miro y medio convencido de que no sabía nada fue dejándome atado a la cama, por algo que parecía ser un grupo de esposas, tras asegurarse de que me ataba con fuerza la venda de los ojos. Pero antes de abrir la puerta me dijo unas palabras:

   -No crea que he acabado con usted, ni mucho menos- Dijo con una sanación de orgullo-.

Acto seguido abrió la puerta y tras una carcajada que intento hacer malvada, cosa que no hizo bien pues se reía como si hubiera visto un payaso, ese hombre cerró la puerta y se fue de la casa, dejándome solo en ella.

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He estado las últimas horas buscando una manera de rehacer el efecto del plasma controlado, pero no hay manera posible, ¡No es posible! No sé por qué pero tengo la corazonada de que es mi culpa el hecho de que Jack haya desaparecido. En fin, creo que no hay más opción que comunicárselo a su esposa. Pero antes quiero repasarlo una vez más.

No hay manera lógica de que eso haya sucedido. No sé qué sentir: Miedo por el hecho de haber matado a Jack o satisfacción por haber descubierto el viaje en el tiempo.

En toda mi vida de científico había conseguido resolver numerosos problemas, y nunca me había quedado en blanco y ahora sin embargo tenía la sensación de haber matado a una persona inocente. Me sentía como un criminal, y quería morir como tal, pagando el sufrimiento que los demás no podrían sufrir.

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Pasé la noche en el calabozo, un lugar oscuro, muy húmedo y tremendamente silencioso, un lugar perfecto para pensar, y eso es lo que hice: pensar. Lo cierto es que tuve tiempo para pensar en muchas cosas, y entre esas estaba Jack. No tenía muy claro quién era y mucho menos de donde venia.

Tras una larga noche de reflexión me acorde de aquel trueno que cayó días antes. De cómo me encontré a Jack tirado en el suelo sin un rasguño ni en la ropa ni en la piel. No había duda de que Jack era ese ``Ángel´´ del que me había hablado el Alcalde. Entonces me levanté del suelo donde estuve y me dirigí a la puerta donde me esperaba el verdugo junto a dos guardias, esperando a la orden del alcalde.

   -Ejem…-llamé la atención para que me escucharan- Ya sé quién es el Ángel-
   -Ángeles, si y yo nací ayer- Dijo uno de los guardias mientras se burlaba de mí-
   -Me han encarcelado por no revelarlo, y cuando quiero hacerlo no m hacen ni caso- le dije al guardia alzando la voz-
   -De acuerdo. Pero por favor no levantes la voz-Dijo el guardia mientras el verdugo le miraba. Tras unos segundos el guardia se apresuró a llamar al alcalde-.

El verdugo se acerco a mí y me miró con desprecio como si no fuera más que un vagabundo empezó a afilar su hacha. Se equivocaba de persona, yo iba a ser ahorcado.  Después de afilar su hacha abrió la puerta de otro retenido y se lo llevo, por una puerta de atrás. Tres minutos después aproximadamente escuché la caída de algo sobre algo que parecía ser madera. Todo se quedó en silencio, justo después la gente empezó a gritar con euforia. Cuando miré a la puerta me encontré al alcalde enfrente de mí.

   -¿Dónde está?- Dijo rotundamente-.
   -En mi casa- Dije sin dudarlo-.
   -Si no se encuentra en tu casa te mataré- Dijo mientras subía las escaleras

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Tengo que ir a comunicárselo a su esposa. No quiero decírselo, no puedo más bien. Tengo que intentarlo. Tengo que hablar con el científico de Jack. Él fue quien lo descifró y tal vez sea el único quien se sepa la solución. Justo a tiempo, está entrando por la puerta.
   -Hola, bueno no hay tiempo. ¿Cómo supiste lo de la explosión del plasma?- Le dije a todo correr-.
   -Miré las lecturas del cable trasmisor- Dijo a la vez que dejaba su chaqueta en una percha-.
   -Espere, si miró las lecturas del cable significa que está atrapado en él. Hay que reiniciar el programa para que se finalice la transferencia. Pero solo el programa y nada más no la energía.
   -¡Y luego soy yo el loco!
   -Calla y ayúdame con el proceso de reiniciado.

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Connor ya volvía, o eso esperaba. Solo deseaba que no fuera de nuevo ese granjero chiflado. Escuche como primero abrían la puerta de un disparo. No era Connor. Luego, despacio, abrió la puerta del cuarto. No era el granjero.

Me desataron y me llevaron a un carro. Una vez allí me quitaron la venda de los ojos. No pude ver nada, porque para cuando me acostumbre ya me estaban llevando en el carro, en una especie de jaula.

Me miré al hombro, la camiseta estaba llena de sangre. De repente empecé a sentir un cosquilleo muy punzante en la mano derecha. Me miré la mano: se estaba desapareciendo en algo que parecía un plasma. Me lo intenté quitar con la mano izquierda, y entonces la mano izquierda también empezó a desaparecer. Durante los siguientes minutos estuve desapareciéndome, hasta que llegó a mi cabeza. Entonces no sentí nada más que paz. Tras unos instantes sentí que me caía al suelo.

Me desperté en el puerto 2. Estaba en casa. No supe nada de Connor ni del pasado, el gobierno nos quitó los puertos y no los he vuelto a ver. Esa es mi historia. Es el cuento que siempre he querido vivir, cuando ya la había vivido hace cientos de años.

Jack

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